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Con VEILED GARDEN, mi intención es explorar el límite entre lo que mostramos y lo que ocultamos, concibiendo el jardín no como un espacio idílico, sino como un laberinto de introspección psicológica. A través de la naturaleza etérea de la pintura acrílica y del juego de sucesivas veladuras translúcidas, busco materializar ese «mundo de la disolución del alma» descrito por Vladimir Nabokov en su novela El ojo. Concibo esta pieza como un aflorar de miradas que emergen a la superficie como huellas de un pasado que regresa, donde cada ojo representa un instante, una transformación y un nuevo comienzo. El ojo cerrado simboliza el nacimiento —el momento que precede a la conciencia—, mientras que los demás evocan distintos estados de percepción y memoria. Son presencias camufladas que acechan desde la bruma, fragmentos de identidad suspendidos entre lo visible y lo invisible. Más que ofrecer respuestas, la obra invita a reflexionar sobre aquello que permanece oculto bajo las sucesivas capas de la experiencia. Los ojos aparecen y se disuelven como recuerdos, sugiriendo que la identidad es una construcción fluida, moldeada continuamente por el tiempo, la percepción y la transformación. En última instancia, VEILED GARDEN se convierte en un territorio de observación interior: un recordatorio visual de que, en ocasiones, la mayor libertad reside en disolverse, hasta no ser más que un único gran ojo contemplando el mundo con una mirada serena y persistente.



